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Cuando todos escribamos con IA, ¿volverá a tener valor sonar como humano?

per | 29/09/2026 | Blog, Comunicación, General | 0 comentarios

Hay frases que empiezan a resultar sospechosas.

“El reto no es comunicar más. Es comunicar mejor.”

“No se trata de escoger entre personas y tecnología, sino de poner la tecnología al servicio de las personas.”

“La pregunta, por lo tanto, no es si lo debemos hacer, sino cómo debemos hacerlo.”

“En un mundo cada vez más complejo y cambiante…”

También hay signos de puntuación que han adquirido una nueva personalidad. El guion largo —este mismo— aparece ahora con una frecuencia que hace unos años habría resultado sorprendente. Proliferan los dos puntos. Y las enumeraciones de tres elementos parecen imprescindibles: escuchar, entender, actuar. Estrategia, propósito e impacto. Personas, procesos y tecnología.

Todo perfectamente ordenado. Quizás demasiado.

Hemos comenzado a identificar una determinada manera de escribir con la inteligencia artificial. Textos bien estructurados, frases equilibradas, argumentos que avanzan ordenadamente y conclusiones que cierran exactamente aquello que se había abierto unas líneas antes.

Son textos correctos.

Muy correctos.

Y puede que este sea el problema.

Porque cuando millones de personas usamos las mismas herramientas para escribir correos, posts de LinkedIn, artículos, informes, notas de prensa o presentaciones, cada vez escribimos mejor y cada vez nos parecemos más.

La IA no inventa esta manera de escribir. En realidad, ha aprendido de nosotros. Ha leído millones de textos humanos y ha identificado estructuras, palabras, recursos y formas de argumentar que acostumbran a funcionar. Después nos las devuelve ordenadas y pulidas en cuestión de segundos.

El problema llega cuando nosotros volvemos a copiar aquello que la máquina ha aprendido copiándonos. Es una especie de bucle estilístico.

Una empresa pide a una IA que le prepare un post corporativo. Otra empresa hace exactamente lo mismo. También una tercera. Todas piden que el texto sea “profesional pero cercano”, “inspirador, pero no excesivamente comercial” y que “genere engagement».

El resultado no suele ser malo; suele ser parecido.

Y aquí aparece una paradoja interesante. Quizás, cuanto más fácil sea producir textos perfectos, más valor tendrán los textos imperfectos.

Sucede lo mismo que con las cosas hechas a mano. Una pieza artesanal puede tener una pequeña irregularidad. Una taza no es exactamente igual que la siguiente. Una línea no es completamente recta. Una puntada no queda milimétricamente situada en el mismo lugar. Durante muchos años la industria ha intentado eliminar estas imperfecciones. Ahora, a menudo las buscamos porque son precisamente las que nos indican que aquello no ha salido de una cadena de producción.

Podría empezar a pasar algo parecido con los textos.

Quizás recuperaremos el valor de una frase extraña. De una expresión propia. De una anécdota que solo aquella persona podría explicar. De una broma que no acaba de ser perfecta. De una frase demasiado corta. O demasiado larga. De una palabra que un manual de estilo probablemente habría eliminado, pero que aquel autor utiliza desde hace veinte años.

En definitiva, de tener voz.

Cuando leemos durante tiempo a una persona que tiene voz propia, podemos llegar a reconocerla sin ver su firma. Pasa con los buenos columnistas, con algunos escritores y también con personas que simplemente han desarrollado una manera particular de explicar las cosas. Tienen ritmo. Tienen expresiones recurrentes. Tienen obsesiones. Tienen sentido del humor. Miran el mundo desde un lugar concreto. Y, sobre todo, no intentan agradar estadísticamente a todo el mundo.

La IA, en cambio, tiende por naturaleza hacia el territorio central. Puede ser brillante generando alternativas, ayudándonos a estructurar una idea o mejorando un texto. Pero si le cedemos completamente la voz, es fácil acabar en esa zona confortable donde todo es razonable, todo está bien explicado y casi nada sorprende.

Puede que la próxima batalla de la comunicación no sea producir contenido. Será conservar identidad. A lo mejor empezaremos a valorar de otra manera a aquella persona que escribe con una expresión que nadie más usaría. Al directivo que explica una cosa que realmente le ha ocurrido. A aquella empresa que se atreve a publicar un texto que no parece redactado después de pasar por quince filtros corporativos.

Llegados a este punto, solo nos queda una pregunta: ¿crees que este artículo lo ha escrito un humano que se llama Manel Gastó o lo ha hecho una inteligencia artificial?

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